jueves, 8 de noviembre de 2012

MALANDROS

Caracas ahora le pesaba en la cabeza, se le tornaba un torbellino de imágenes confusas que le volvían incierto el pasillo. Subió por una crujiente y oxidada escalera de hierro, que alcanzaba una terraza pequeña, desde la cual se podían ver las luces de la ciudad. Tropezó con un ladrillo y ya en el suelo, se acomodó hasta dejarse arrastrar vertiginosamente por un sueño pesado y sin término. Sin embargo,al poco tiempo, todavía medio alucinado por el alcohol, el brillo  de una luz  que brotaba con fuerza desde una pared le despertó. Se llevó una mano temblorosa a la frente y casi tapándose los ojos pudo ver de dónde provenía. La luz contorneaba la imagen de un Cristo antaño dibujado. Malamente se incorporó. No sintió miedo, todo lo contrario, en la medida que se acercaba a la irradiación sus fuerzas eran renovadas, el hambre de tantos días sin techo desapareció y un calor bueno le abrazó la médula de los huesos. Caminó hacia un brazo brillante que ofrecía tocarle la frente. Quería correr como cuando era un muchacho, y brincaba cercados y bajareques después de haber sido sorprendido en alguna habitual chorería. Y corría si, en su mente, con esperanza, a recibir las bendiciones del Dios misericordioso que se acordaba de él, tan infame, tan cobarde, tan asesino como había sido. Corría arrepentido a buscar el perdón prometido a todo ser humano, y ya a punto, en el instante mismo, fue tocado por una energía brutal. Se le descoyuntaron las rodillas y no sintió el impacto del golpe contra el suelo. Sólo vió como detrás de la mano brillosa, que tornaba a ser una fina línea de carbón en la pared, se escondió lentamente entre las sombras, la boquita humeante de una pistola.

2 comentarios: