Can, can, ca, ca, can, can, se escucha el cencerro: cumbatá tá, cumbatá tá, irrumpen los tambores y, acto seguido, se escuchan las voces.
- San Lázaro está cojo no puede caminar…
Las figuras de los que danzan frente al altar se me desdibujan.
- Bicho malo nunca muere -ha dicho Pililo- esta promesa se la hice al santo con toda la fe del mundo - continúa con voz de borracho, produciéndome náusea con su aliento etílico.
- El viejo Lázaro nunca falla - vuelve a rumorear, entre místico y ebrio, ofreciéndome un pantalón de saco; como si no fuera suficiente con los húmedos vendajes que cubren la piel lacerada de gran parte de mi cuerpo, exhalando olor a carne manida y a hospital.
La música se va haciendo un lamento grave o susurro lejano. Una voz suena vibrante. El jefe de taller me dice que es en la planta de ácido el desperfecto. Conectar el motor de una bomba es cosa fácil para un electricista, pero no sé por qué me da mala espina, como un presentimiento o aviso misterioso.
- Esa es la bomba - dice el operador, enseñándome el objeto de mi trabajo. Mis manos trabajan sin entusiasmo. Cuando termino, el operador oprime el interruptor y logra el arranque, comienza a llover ácido sulfúrico a presión y en forma de abanico. Comprendo enseguida el motivo del desastre, ¡maldita sea! El jefe de turno obvió el trabajo de los plomeros: “tubo desatornillado, derrame seguro”. Hombres con trajes de goma se acercan. El ruido sordo de la fábrica confunde sus voces. Las ropas se me deshacen encima. Aunque me rocían agua, mi piel se quema sin remedio, y el grito es de dolor.
- ¿Qué pasa, Chiqui? - dice Pililo algo alarmado, y agrega una vieja sin quitarse el mocho de tabaco encendido de los labios.
- Es una mala corriente- y se escucha otra voz tropelosa.
- Está impresionao y más ná.
Continúa la música y la llegada de caras nuevas con un sin números de preguntas, que si te duele aún, que cómo fue la cosa, que si gracias a San Lázaro haces el cuento. Un hereje ha dicho que los santos humanizan porque el hombre ha llenado con ellos el vacío de la ignorancia, y Pililo lo bota de la casa sin ambages, a los santos no se les ofende delante de él. La vieja del mocho de tabaco dice que estuvo bien hecho. Yo, aunque quiero reír, no lo logro. El humo es un velo que cubre mi rostro, y el aliento de los que me rodean queriendo colmarme de atenciones, continúa produciéndome náuseas, a pesar de que esas personas son de mucha fe.
Los danzantes hacen círculos concéntricos a mi alrededor; como enloquecidos; sin reparar en mi condición de convaleciente. ¿Es que no huelen mis quemaduras todavía hediondas? -¿Por qué? ¿Por qué lo hacen?- me pregunto a gritos, pero el ruido es estruendoso y brutal, la mayoría que, sin dudas, saben lo que hacen, me santiguan con el poder de los gajos. Yo sudo, giro o me parece girar como borracho.
Los hombres con trajes de goma, me introducen en un vehículo. Los ojos me arden, el cuerpo se me quema. ¡El hospital! ¡Por fin el hospital! No soy sólo yo quien sufre, somos tres los accidentados, un mulato que responde al nombre de Rubén, un tal Pedro, que grita como un bendito y yo. La sed es insoportable, se me queman las entrañas: ¿Quién pregunta si tiemblo de frío? ¡Agua es lo que necesito!, ¡agua, coño, agua!
- Para pedir agua no necesitas gritar, mi hermano - dice Pililo, ofreciéndome agua fresca. El agua es como una bendición, pero los cueros y las voces son martillos en mis oídos. El vómito sube a la garganta, y la sonrisa que exhibo se convierte en mueca.
Llega un auto donde introducen a Pedro con urgencia, luego montamos Rubén y yo en otro que sale deprisa. Alguien afirma que somos remitidos a un centro de mayores recursos. Al arribar a nuestro destino, el auto en que partió Pedro se retrasa y todos pensamos en la posibilidad de la muerte. Una enfermera me frota algo que arde hasta lo insufrible y grito, pero, más alto que mis gemidos, escucho otros sollozos. ¡Es Pedro quien grita, carajo! ¡Este ñoño de mierda tiene más vida que un gato! ¡Los hombres no lloran, coño!, ¡Hay que resistir!
Se calla la música, y las voces también. Pasamos a la parte culinaria del rito. Nos sentamos todos a la mesa larga confeccionada al efecto, el silencio del toque alivia mi pesar.
La vieja del tabaco está sentada a mi lado. Me mira con fijeza y exclama: “¡Este muchacho está verde!” y se escucha decir a otro: “Este hombre mejor no puede estar, lo que necesita es chocar con el fogón”
Pililo me sirve en un plato hondo, chivo, congrís y ensalada. - Esto me va a caer mal mi hermano - insinúo: -Esta comida de los santos no puede caerle mal a nadie-, afirma él sin darme derecho a réplica. ¡Sabía que me caería mal! ¡Qué es esto! Todo me da vueltas, me parece flotar.
Pedro ha dicho: “oriné gusanos” y Rubén afirma en bromas: “de que te jodes de esta, te jodes.” Pedro no ríe como era de esperar. Es preso de unos temblores tan extraños como los gusanos que él sólo ve. Vuelven a ponerle los sueros, el levín, el oxígeno. Parece todo una ironía, algo increíble. Pedro se pone majadero, la enfermera alta se le encara y eso es una mierda de ella, una mierda, una mierda…
Los tambores truenan, el cencerro se anima y, el coro canta parejo: “San Lázaro bendito, San Lázaro Jesús, aquí están tus hijos pidiéndote salud”: ¡Cumbatá tá, Cumbatá tá, Cumbatá tá! Todos parecen estar animados por un rotundo frenesí. A la vieja se le desprende el mocho de la boca y cae convulsa. Se escuchan aplausos y una voz que grita: “¡Se ha montao, se montó!” Es el loco del pueblo, lo veo perfectamente, ahí está el demente, el excéntrico, bailando como un trompo. Pide un vaso de ron, no para él, sino, para el santo. Comienzo a flotar en una atmósfera enrarecida. Pedro se ahoga, se asfixia. Un doctor le da boca a boca y otro masaje en el pecho. La enfermera va en busca de un medicamento. Los galenos continúan reanimándolo. Regresa ella demasiado tarde y a mí me da un vuelco el corazón: -¡Qué pasa brother! ¿Tú también te has montao?- dice Pililo, sosteniendo mi cuerpo que iba rumbo al suelo. Me veo de súbito, ante las velas disparejas, el repicar de los cueros y la danza loca del gentío. Dudoso de la realidad, tratando de descifrar los guiños que me hacen las mutiladas velas desde el altar.
Reinaldo Enrique Prego Beltrán (Chiquitico)
Sagua de Tánamo Holguín Cuba
Este excelente cuento fue escrito por mi amigo Reinaldo Prego, a quien todos en mi pueblo conocen como chiquitico.Un hombre pequeño como yo pero tremendo jorocón. La calidad artística de sus obras, no sólo está en la atinada escritura, sino también en la cultura tradicional del tanameño que se refleja en las temáticas que trata, con un punto de vista siempre novedoso. Le hacemos justicia o el mismo se la hace con este mravilloso relato. Tranquilo, un día van a tener que ir a vernos a nuestra Weimar, a Sagua de Tánamo.
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