sábado, 17 de noviembre de 2012

Historias de sal:( capitulo II- ORLANDO)


Rolando Pérez Quintosa
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Mártir revoluconario cubano
Nacimiento2 de agosto de 1968
GuanabacoaCiudad de la Habana,Bandera de Cuba Cuba
Fallecimiento17 de febrero de 1992
Bandera de Cuba Tarará (Habana del Este)
Causa de la muerteAsesinato

homenaje a Rolando Pérez Quintosa
 y a los mártires de Tarará cuya historia real inspiró este relato de ficción.


La mirada profunda y penetrante de la juventud tronchada traspasa el cristal con la misma determinación que tuvo en vida. El recuerdo de aquellos aciagos días  le clava en el pecho una perenne convulsión de dolor. Llora de impotencia, por no poder cobrarles a los criminales la cobardía de haber disparado a  Orlando, un alma limpia, de esas que se encuentran en  los solares  humildes de Centro  Habana, donde el techo es el cielo y todo el mundo es familia.
-          -Mira Obdulia quién llegó, El Miche, el terror de Tarará- Le dice a la esposa mientras le da un abrazo diáfano, a todo pulmón,  al amigo-.
-                - Eh Miche cómo está la cosa- Obdulia amable y llana, saluda-.
-          -Todo bien negra. Tú sabes dando una vueltecita para disipar un poco - y se dirige ahora a Orlando con falsa altanería-: Vine a devolverte la paliza que me diste el otro día.
-               - Oye Miche a ti no te gusta perder- se ríen- , en la vida hay que saber perder compadre.
-              -  Si pero hoy tengo el presentimiento de que voy a ganar. Dale llama a Venancio y a Kike, y vamos a sacar la mesa para fuera.
-            -  Eeeh como está este hombre de inspirao. Fíjate lo que te voy a decir: ni con los santos tú ganas aquí papa.
-            - Déjate de alarde. Tú sabes que cuando yo digo a ganar es a ganar.
-        -  ¡Está bien, está bien! Mi vida – le dice  a Obdulia, que está en el habitual ajetreo matutino– saca las costillitas de puerco del refrigerador y dile que si a la manteca que ya esto se formó.
Obdulia se ríe y ella misma pone en sobresalto a las palomas echándole voces a Kike  y a Venancio.  Al rato bajaban, todavía con la modorra del domingo en el rostro. Se saludan. Conversan de algún chismecito del barrio o de la última novedad política que circula en la ciudad. Luego instalan el escenario de batalla, una mesita de madera contrachapada y cuatro taburetes de cuero fieles al desaliño del solar. Juegan. Con el alboroto se suman otros vecinos y comienzan a foguear el día con traguitos de Habana Club. Ya en la noche, desde la calle, se sienten las voces y el repicar  de las fichas de dominó. El aguante de la mesa ha sido ejemplar hasta que Yudita hace acto de presencia en el balcón.
-            - ¡Kike viejo hasta cuando! Ya me voy a dormir.
-          -Ya voy mamichuli. Enseguida subo. Caballeros – se dirige al resto de los jugadores- sonó el cañonazo del solar, voy subiendo.
-          -Yo también -dice Venancio-, mañana hay que trabajar.
-        -  Calabaza para todo el mundo, agarra ahí Miche-  Orlando le hace un gesto con la cabeza y colocan la mesita y las butacas en el acostumbrado rincón-.
-          -Oye Miche volviste a perder- vocifera Kike ya pasadito de tragos-, anda dile a tu socio que te enseñe alguna marañita de las que él se sabe.
-          -Dale Papi sube. ¡Mira para arriba que le vas a meter la cabeza al travesaño ese!
-         - Bueno mi hermano nos vemos mañana en la guardia, no vayas a llegar tarde – Orlando le dice al Miche en tono  regañón  y lo despide con un abrazo-.
-        -  A la orden mi comandante- este responde y se lleva la mano con gracia a la frente imitando un saludo militar-.Mañana a las siete en punto estoy entrándole a la garita de La Marina.
-          -¿Te hace falta plata?
-          -No .Tranquilo, a está hora siempre hay un socito mío tirando pasaje para Tarará.
-          -Avanza entonces.
Y es verdad. Frente al capitolio llama un taxista:
-          -Camilo Cienfuegos, Cojimar, Alamar, hasta Tarará no paro.
El Miche lo saluda y se monta en el almendrón. Media hora más tarde, raudo cruza el cheverolet el túnel de la bahía y se pierde bajo las luces de la avenida.
-  Michel, Micheel. Levántate mijo que se te va hacer tarde para el trabajo- Habla Juana, la madre del Miche-.
- ¿Coño mami qué hora es?
- Ya son las 4 de la tarde . ¿Qué tu piensas, o quieres llegar tarde otra vez? Te van a tumbar la divisa por indisciplinado.
- Una hora más vieja. Llámame ahorita dale.
- ¡Chico tu eres un oso de invernadero! Te has pasado todo el día durmiendo y quieres una hora más. No se para que tu haces esos disparates. Tú sabes que en lo que te estiras, te bañas, comes y te tiras tus peos te agarra las siete. Yo voy a salir ahora para casa de Antonia a arreglarme el pelo. Allá tú.
- Yaaa, ahorita me levanto.
El Miche vuelve enmarañarse entre las sábanas. Escucha la tangana de la madre con los vecinos como se va alejando poco a poco. Se queda dormido. Dos horas más tarde se levanta sobresaltado.
-          -Coño me quedé dormido carajo.
Ya no habrá tiempo, por más que se apure llegará tarde.  Viaja en una bicicleta china desde su casa hasta La Marina. El tiempo, una hora con quince minutos. Pedalea duro pero los traguitos del día anterior le han calado hasta los huesos. Los músculos, ejercitados por el entrenamiento, no le responden con igual vigor y tiene que aminorar la velocidad. Ya esta cerca de La Marina. Ha anochecido y  logra ver las lucecitas  de la garita del muelle. De pronto se oye un disparo, y otro, y otro más.
-          -Carajo que fue eso- dice-.
Arrecia el pedal  y en unos minutos entra veloz por la puerta principal. El centinela no estaba. Se lanza de la bicicleta en pleno movimiento y corre hasta el puesto de mando.  Al llegar no lo puede creer, no lo quiere creer. Orlando se desangra en el suelo.  Está inconsciente. Hay olor a pólvora y a carne quemada en su pecho.
-          -  Landyyy, mi hermanooo!-  Lo llama ahogadamente.

  Va corriendo a donde el botiquín de los primeros auxilios. Se trae  apósitos y varios rollos de vendaje. Le cubre el hueco de la espalda al amigo y cuando lo hace, escucha el desesperado ronronear de una lancha en el muelle, que sale de la ensenada  con la convicción de tragarse todo el océano. El Miche se pone las manos en la cabeza y no titubea, culmina de vendar al amigo. Después llamará al puesto de mando de los guardacostas, pedirá ambulancias, porque presupone que dos compañeros más están muertos o heridos, y será demasiado tarde. En el muelle,  asesinado, encontrará a Julito y el otro centinela, el otro, es el compinche de los tripulantes que van a toda máquina rumbo a los Estados Unidos.

Todavía no lo puede creer.  Se lleva una mano a la boca y las lágrimas le caen del rostro en el piso pulido del lobby del hospital. Llora de impotencia y de remordimiento. Han pasado veinte años. Sin embargo, la mirada profunda y penetrante del amigo traspasa el cristal con la misma determinación que tuvo en vida.


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