homenaje a Rolando Pérez Quintosa
y a los mártires de Tarará cuya historia real inspiró este relato de ficción.
La
mirada profunda y penetrante de la juventud tronchada traspasa el cristal con
la misma determinación que tuvo en vida. El recuerdo de aquellos aciagos días le clava en el pecho una perenne convulsión de
dolor. Llora de impotencia, por no poder cobrarles a los criminales la cobardía
de haber disparado a Orlando, un alma
limpia, de esas que se encuentran en los
solares humildes de Centro Habana, donde
el techo es el cielo y todo el mundo es familia.
- -Mira Obdulia quién llegó, El Miche, el terror de
Tarará- Le dice a la esposa mientras le da un abrazo diáfano, a todo pulmón, al amigo-.
- - Eh Miche cómo está la cosa- Obdulia amable y
llana, saluda-.
- -Todo bien negra. Tú sabes dando una vueltecita para
disipar un poco - y se dirige ahora a Orlando con falsa altanería-: Vine a
devolverte la paliza que me diste el otro día.
- - Oye Miche a ti no te gusta perder- se ríen- , en
la vida hay que saber perder compadre.
- - Si pero hoy tengo el presentimiento de que voy a
ganar. Dale llama a Venancio y a Kike, y vamos a sacar la mesa para fuera.
- - Eeeh como está este hombre de inspirao. Fíjate
lo que te voy a decir: ni con los santos tú ganas aquí papa.
- - Déjate de alarde. Tú sabes que cuando yo digo a
ganar es a ganar.
- - ¡Está bien, está bien! Mi vida – le dice a Obdulia, que está en el habitual ajetreo matutino–
saca las costillitas de puerco del refrigerador y dile que si a la manteca que
ya esto se formó.
Obdulia
se ríe y ella misma pone en sobresalto a las palomas echándole voces a
Kike y a Venancio. Al rato bajaban, todavía con la modorra del
domingo en el rostro. Se saludan. Conversan de algún chismecito del barrio o de
la última novedad política que circula en la ciudad. Luego instalan el
escenario de batalla, una mesita de madera contrachapada y cuatro taburetes de
cuero fieles al desaliño del solar. Juegan. Con el alboroto se suman otros
vecinos y comienzan a foguear el día con traguitos de Habana Club. Ya en la
noche, desde la calle, se sienten las voces y el repicar de las fichas de dominó. El aguante de la mesa
ha sido ejemplar hasta que Yudita hace acto de presencia en el balcón.
- - ¡Kike viejo hasta cuando! Ya me voy a dormir.
- -Ya voy mamichuli. Enseguida subo. Caballeros –
se dirige al resto de los jugadores- sonó el cañonazo del solar, voy subiendo.
- -Yo también -dice Venancio-, mañana hay que
trabajar.
- - Calabaza para todo el mundo, agarra ahí Miche- Orlando le hace un gesto con la cabeza y
colocan la mesita y las butacas en el acostumbrado rincón-.
- -Oye Miche volviste a perder- vocifera Kike ya pasadito de tragos-, anda dile a tu socio que te enseñe alguna marañita de
las que él se sabe.
- -Dale Papi sube. ¡Mira para arriba que le vas a
meter la cabeza al travesaño ese!
- - Bueno mi hermano nos vemos mañana en la guardia,
no vayas a llegar tarde – Orlando le dice al Miche en tono regañón y lo despide con un abrazo-.
- - A la orden mi comandante- este responde y se
lleva la mano con gracia a la frente imitando un saludo militar-.Mañana a las
siete en punto estoy entrándole a la garita de La Marina.
- -¿Te hace falta plata?
- -No .Tranquilo, a está hora siempre hay un socito
mío tirando pasaje para Tarará.
- -Avanza entonces.
Y es
verdad. Frente al capitolio llama un taxista:
- -Camilo Cienfuegos, Cojimar, Alamar, hasta Tarará
no paro.
El
Miche lo saluda y se monta en el almendrón. Media hora más tarde, raudo cruza
el cheverolet el túnel de la bahía y se pierde bajo las luces de la avenida.
- Michel, Micheel. Levántate mijo que se te va
hacer tarde para el trabajo- Habla Juana, la madre del Miche-.
- ¿Coño
mami qué hora es?
- Ya
son las 4 de la tarde . ¿Qué tu piensas, o quieres llegar tarde otra vez? Te
van a tumbar la divisa por indisciplinado.
-
Una hora más vieja. Llámame ahorita dale.
- ¡Chico
tu eres un oso de invernadero! Te has pasado todo el día durmiendo y quieres
una hora más. No se para que tu haces esos disparates. Tú sabes que en lo que
te estiras, te bañas, comes y te tiras tus peos te agarra las siete. Yo voy a
salir ahora para casa de Antonia a arreglarme el pelo. Allá tú.
- Yaaa,
ahorita me levanto.
El
Miche vuelve enmarañarse entre las sábanas. Escucha la tangana de la madre con
los vecinos como se va alejando poco a poco. Se queda dormido. Dos horas más
tarde se levanta sobresaltado.
- -Coño me quedé dormido carajo.
Ya
no habrá tiempo, por más que se apure llegará tarde. Viaja en una bicicleta china desde su casa
hasta La Marina. El tiempo, una hora con quince minutos. Pedalea duro pero los
traguitos del día anterior le han calado hasta los huesos. Los músculos,
ejercitados por el entrenamiento, no le responden con igual vigor y tiene que
aminorar la velocidad. Ya esta cerca de La Marina. Ha anochecido y logra ver las lucecitas de la garita del muelle. De pronto se oye un
disparo, y otro, y otro más.
- -Carajo que fue eso- dice-.
Arrecia
el pedal y en unos minutos entra veloz
por la puerta principal. El centinela no estaba. Se lanza de la bicicleta en
pleno movimiento y corre hasta el puesto de mando. Al llegar no lo puede creer, no lo quiere
creer. Orlando se desangra en el suelo.
Está inconsciente. Hay olor a pólvora y a carne quemada en su pecho.
- - Landyyy, mi hermanooo!- Lo llama ahogadamente.
Va corriendo a donde el botiquín de los
primeros auxilios. Se trae apósitos y
varios rollos de vendaje. Le cubre el hueco de la espalda al amigo y cuando lo
hace, escucha el desesperado ronronear de una lancha en el muelle, que sale de
la ensenada con la convicción de
tragarse todo el océano. El Miche se pone las manos en la cabeza y no titubea,
culmina de vendar al amigo. Después llamará al puesto de mando de los guardacostas,
pedirá ambulancias, porque presupone que dos compañeros más están muertos o
heridos, y será demasiado tarde. En el muelle, asesinado, encontrará a Julito y el otro
centinela, el otro, es el compinche de los tripulantes que van a toda máquina
rumbo a los Estados Unidos.
Todavía
no lo puede creer. Se lleva una mano a
la boca y las lágrimas le caen del rostro en el piso pulido del lobby del
hospital. Llora de impotencia y de remordimiento. Han pasado veinte años. Sin
embargo, la mirada profunda y penetrante del amigo traspasa el cristal con la
misma determinación que tuvo en vida.