Querido Silvio: Otra vez colocas sobre la mesa tela para cortar. He leído todos los comentarios, que tocan, de una u otra manera, la situación problémica que se manifiesta. Tiene uno el deber siendo cubano y revolucionario de brindar otro punto de vista no más importante que los aquí ya publicados. Debo decir que hace días ronda en mi cabeza la siguiente idea: Tenemos que cuidar más la educación de nuestros niños y de la juventud. Cuando uno vive fuera de Cuba aprecia con mayor rigor las virtudes de nuestra amada Revolución, y dentro de ella, sin menospreciar otros innumerables, el logro fundamental que constituye nuestro sistema de educación. Pienso que lo que vivimos hoy, esta experiencia social dilemática, es resultado o está determinada en gran manera por errores cometidos en la concepción y aplicación del modelo de enseñanza en las últimas dos décadas, sin descartar otros factores de los que hablaré más adelante. Conversaba a menudo con muchos maestros y lo que más sufrían y desarmaba, era tener que ¨darle la nota a un estudiante¨ para cumplir con las exigencias de promoción y ciertos tecnicismos burocráticos establecidos, de los que dependían, según manifestaban, su evaluación final de curso. La preocupación no reside, en la calidad de las clases, ni de los conocimientos impartidos; lo cual está probado en los certámenes internacionales en los que Cuba ha participado con resultados relevantes, sino en una práctica de la política educativa que desestimula no sólo al maestro comprometido y honesto, sino también al buen y al mal estudiante. Este fenómeno lo observamos sobre todo en el bachillerato. Le quita mérito al esfuerzo personal, al sacrificio activo de nuestros jóvenes, en la construcción de sus propios destinos y en logro de sus objetivos de vida. Esto ha hecho mucho daño, a tal punto, que en nuestra sociedad, en una buena parte de esas generaciones maduradas, existe la tendencia a obtener a través de conductas facilistas, muchas veces fraudulentas, muchas veces mentirosas, lo que debería conquistarse a través del trabajo honrado. La educación es la tierra donde se siembra el futuro de un país, y si está bien preparada, con todos los nutrientes necesarios, el árbol será vigoroso y dará buen fruto. De suceder lo contrario, será raquítico. Y el raquitismo social de una sociedad, valga la repetición, se expresa en la devaluación de los valores esenciales que la sustentan. Por lo tanto en nuestra condición de país pobre, además bloqueado y agredido por el imperio más grande que ha existido en la historia, errar en educación es errar en todas las esferas de la sociedad. Sin embargo nuestra mejor inversión ha sido en la educación, tal es así, que podemos enorgullecernos del capital humano que tenemos. Porque tampoco el fenómeno está generalizado, se concentra en esas generaciones que fueron cultivadas bajo esas tendencias. Tendencias que en el Socialismo, el pueblo consciente ya ha detectado y trabaja para corregirlas. Y dentro del pueblo sus intelectuales orgánicos, como los más capacitados, deben jugar su papel: reflexionar, pensar nuevos métodos y formas, convertirse en la vanguardia de la praxis revolucionaria y científica. Este, es otro de los factores más importantes. Siempre recuerdo, porque la llevo tatuada en la mente como una premisa, aquella frase de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, en la que se manifiesta que: el futuro de nuestra patria será un futuro de hombres de ciencia. Ese futuro es el presente que vivimos. Hoy Cuba tiene una de las matrículas universitarias más grandes del mundo y por ende un percápita elevado de personas que han abandonado el empirismo y que tienen potencial para obrar científicamente. También nuestros deportistas tienen una preparación teórica y técnica suficiente, lo digo sin eufemismo alguno. Hace unos días escuchaba a una compañera ufanarse por la educación del hijo, y destacaba a las escuelas de deportes entre las mejores del país. Bueno, no es la cantidad de científicos, lo que define si una sociedad es científica o no, sino los métodos a través de los cuales da solución a las diferentes problemáticas que se dan en todos los campos; teóricos y prácticos, sociológicos y productivos. En este sentido nuestros métodos no son del todo científicos. ¿Por qué? Voy ha hablar de lo particular, de lo que he visto. En cierta oportunidad me encontraba en el pedagógico de Holguín, uno de los centros a mi manera de ver que se toma muy en serio la producción de ciencia, con todo el rigor que esta amerita. Recibía en aquel momento la asignatura rectora, Metodología de la Investigación Científica. Como parte de los quehaceres del estudiante tuve que ir a la biblioteca varias veces, y allí había muchos estudios de campo elaborados, pero para mi sorpresa casi ninguno había sido aplicado o generalizado en el área objeto de estudio. Me atreví a sacar una conclusión en aquel entonces, bien paradójica por cierto: investigamos mucho pero aplicamos muy poco. Por la otra esquina: investigamos lo que está de moda y no lo necesario. Por la otra: Se investiga muy poco de los procesos productivos comparado con lo que se debería. ¿Qué economía se desarrolla sin los adelantos científicos y técnicos? No hay mejor fuente que la autóctona. Animado por lo aprendido me dispuse a participar en una jornada de ciencias en mi centro de trabajo. Diseñé un modelo de microscopio óptico con elementos desechables y herramientas rústicas. Según los expertos, el premio de mi prototipo radicaba en el diseño a través del cual se podía crear una herramienta que serviría en circunstancias extremas, para dar diagnóstico en los laboratorios clínicos. La invención fue debidamente registrada en los archivos de la institución pero el pago por mis derechos de autoría no se realizó. Bueno saqué otra conclusión: en nuestro país la retribución por los derechos de autoría no estimula a seguir investigando o innovando o a crear. Hay que invertir en el talento humano. Esto podía haberle sucedido a otra persona. Me contó un joven villaclareño que con mucho esfuerzo habían logrado informatizar el policlínico donde trabajaban. Allí para la mantención de dos servidores, que habían recibido como parte de un donativo extranjero, necesitaban ciertas condiciones de clima. Le solicitaron al directivo un aire acondicionado. La morosidad condujo a que, pasado un tiempo, se dañara el primer servidor, y finalmente, lo que había sido un derroche de ingenio se perdió, con el consiguiente impacto en los servicios de salud. La opinión del joven: no nos toman en serio. Es verdad, nosotros no captamos ni desarrollamos nuestros talentos al máximo, no le prestamos la debida atención. Quizá por eso la lógica del crecimiento intelectual los impulse a buscar por si mismos otros horizontes. Este fenómeno abarca todas las esferas del país, desde el Arte hasta la Economía, incluso hasta en la Política. Y está equivocado aquel que piense que la agricultura está divorciada de la ciencia y que en ella no sea importante el desarrollo de los talentos humanos. Es allí donde el campo de la investigación se abre hasta el infinito. La genética, la biotecnología aplicada, la bioquímica, la medicina, la geología, la meteorología, y muchas más tienen campo en las ciencias agrícolas. Nuestro principal yacimiento está en la tierra y en nuestra capacidad para sacar de ella todo lo necesario. Martí observó, en su tránsito por la América Central, un futuro para Nuestra América en la agricultura tecnificada, industrializada. En Cuba es necesario que una industria simplificada, diversificada, eficiente y productiva se propague para que se catalice la producción primaria, y que se creen más centros de investigación, acordes a cada territorio, a sus principales productos. Hay que abrir la mente porque en agricultura todo es industrializable; desde los principios activos para la producción de medicamentos, las resinas y otras savias para la cosmética, polímeros, conservas, alimentos , hormonas, vitroplantas, especímenes mejorados y mucho más. La agricultura es generadora de riquezas por excelencia. No podemos tener miedo al campesino que logra con el esfuerzo de su trabajo una gran producción, ni maniatarle con procedimientos burocráticos. La riqueza que proviene del trabajo honrado es buena y hay que estimularla, exaltarla. Con prejuicios no se avanza: con ideas y proyectos científicos sí.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Materialmente pobres: mi comentario acerca del artículo con igual nombre publicado por Silvio Rodíguez en Cubadebate.
Querido Silvio: Otra vez colocas sobre la mesa tela para cortar. He leído todos los comentarios, que tocan, de una u otra manera, la situación problémica que se manifiesta. Tiene uno el deber siendo cubano y revolucionario de brindar otro punto de vista no más importante que los aquí ya publicados. Debo decir que hace días ronda en mi cabeza la siguiente idea: Tenemos que cuidar más la educación de nuestros niños y de la juventud. Cuando uno vive fuera de Cuba aprecia con mayor rigor las virtudes de nuestra amada Revolución, y dentro de ella, sin menospreciar otros innumerables, el logro fundamental que constituye nuestro sistema de educación. Pienso que lo que vivimos hoy, esta experiencia social dilemática, es resultado o está determinada en gran manera por errores cometidos en la concepción y aplicación del modelo de enseñanza en las últimas dos décadas, sin descartar otros factores de los que hablaré más adelante. Conversaba a menudo con muchos maestros y lo que más sufrían y desarmaba, era tener que ¨darle la nota a un estudiante¨ para cumplir con las exigencias de promoción y ciertos tecnicismos burocráticos establecidos, de los que dependían, según manifestaban, su evaluación final de curso. La preocupación no reside, en la calidad de las clases, ni de los conocimientos impartidos; lo cual está probado en los certámenes internacionales en los que Cuba ha participado con resultados relevantes, sino en una práctica de la política educativa que desestimula no sólo al maestro comprometido y honesto, sino también al buen y al mal estudiante. Este fenómeno lo observamos sobre todo en el bachillerato. Le quita mérito al esfuerzo personal, al sacrificio activo de nuestros jóvenes, en la construcción de sus propios destinos y en logro de sus objetivos de vida. Esto ha hecho mucho daño, a tal punto, que en nuestra sociedad, en una buena parte de esas generaciones maduradas, existe la tendencia a obtener a través de conductas facilistas, muchas veces fraudulentas, muchas veces mentirosas, lo que debería conquistarse a través del trabajo honrado. La educación es la tierra donde se siembra el futuro de un país, y si está bien preparada, con todos los nutrientes necesarios, el árbol será vigoroso y dará buen fruto. De suceder lo contrario, será raquítico. Y el raquitismo social de una sociedad, valga la repetición, se expresa en la devaluación de los valores esenciales que la sustentan. Por lo tanto en nuestra condición de país pobre, además bloqueado y agredido por el imperio más grande que ha existido en la historia, errar en educación es errar en todas las esferas de la sociedad. Sin embargo nuestra mejor inversión ha sido en la educación, tal es así, que podemos enorgullecernos del capital humano que tenemos. Porque tampoco el fenómeno está generalizado, se concentra en esas generaciones que fueron cultivadas bajo esas tendencias. Tendencias que en el Socialismo, el pueblo consciente ya ha detectado y trabaja para corregirlas. Y dentro del pueblo sus intelectuales orgánicos, como los más capacitados, deben jugar su papel: reflexionar, pensar nuevos métodos y formas, convertirse en la vanguardia de la praxis revolucionaria y científica. Este, es otro de los factores más importantes. Siempre recuerdo, porque la llevo tatuada en la mente como una premisa, aquella frase de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, en la que se manifiesta que: el futuro de nuestra patria será un futuro de hombres de ciencia. Ese futuro es el presente que vivimos. Hoy Cuba tiene una de las matrículas universitarias más grandes del mundo y por ende un percápita elevado de personas que han abandonado el empirismo y que tienen potencial para obrar científicamente. También nuestros deportistas tienen una preparación teórica y técnica suficiente, lo digo sin eufemismo alguno. Hace unos días escuchaba a una compañera ufanarse por la educación del hijo, y destacaba a las escuelas de deportes entre las mejores del país. Bueno, no es la cantidad de científicos, lo que define si una sociedad es científica o no, sino los métodos a través de los cuales da solución a las diferentes problemáticas que se dan en todos los campos; teóricos y prácticos, sociológicos y productivos. En este sentido nuestros métodos no son del todo científicos. ¿Por qué? Voy ha hablar de lo particular, de lo que he visto. En cierta oportunidad me encontraba en el pedagógico de Holguín, uno de los centros a mi manera de ver que se toma muy en serio la producción de ciencia, con todo el rigor que esta amerita. Recibía en aquel momento la asignatura rectora, Metodología de la Investigación Científica. Como parte de los quehaceres del estudiante tuve que ir a la biblioteca varias veces, y allí había muchos estudios de campo elaborados, pero para mi sorpresa casi ninguno había sido aplicado o generalizado en el área objeto de estudio. Me atreví a sacar una conclusión en aquel entonces, bien paradójica por cierto: investigamos mucho pero aplicamos muy poco. Por la otra esquina: investigamos lo que está de moda y no lo necesario. Por la otra: Se investiga muy poco de los procesos productivos comparado con lo que se debería. ¿Qué economía se desarrolla sin los adelantos científicos y técnicos? No hay mejor fuente que la autóctona. Animado por lo aprendido me dispuse a participar en una jornada de ciencias en mi centro de trabajo. Diseñé un modelo de microscopio óptico con elementos desechables y herramientas rústicas. Según los expertos, el premio de mi prototipo radicaba en el diseño a través del cual se podía crear una herramienta que serviría en circunstancias extremas, para dar diagnóstico en los laboratorios clínicos. La invención fue debidamente registrada en los archivos de la institución pero el pago por mis derechos de autoría no se realizó. Bueno saqué otra conclusión: en nuestro país la retribución por los derechos de autoría no estimula a seguir investigando o innovando o a crear. Hay que invertir en el talento humano. Esto podía haberle sucedido a otra persona. Me contó un joven villaclareño que con mucho esfuerzo habían logrado informatizar el policlínico donde trabajaban. Allí para la mantención de dos servidores, que habían recibido como parte de un donativo extranjero, necesitaban ciertas condiciones de clima. Le solicitaron al directivo un aire acondicionado. La morosidad condujo a que, pasado un tiempo, se dañara el primer servidor, y finalmente, lo que había sido un derroche de ingenio se perdió, con el consiguiente impacto en los servicios de salud. La opinión del joven: no nos toman en serio. Es verdad, nosotros no captamos ni desarrollamos nuestros talentos al máximo, no le prestamos la debida atención. Quizá por eso la lógica del crecimiento intelectual los impulse a buscar por si mismos otros horizontes. Este fenómeno abarca todas las esferas del país, desde el Arte hasta la Economía, incluso hasta en la Política. Y está equivocado aquel que piense que la agricultura está divorciada de la ciencia y que en ella no sea importante el desarrollo de los talentos humanos. Es allí donde el campo de la investigación se abre hasta el infinito. La genética, la biotecnología aplicada, la bioquímica, la medicina, la geología, la meteorología, y muchas más tienen campo en las ciencias agrícolas. Nuestro principal yacimiento está en la tierra y en nuestra capacidad para sacar de ella todo lo necesario. Martí observó, en su tránsito por la América Central, un futuro para Nuestra América en la agricultura tecnificada, industrializada. En Cuba es necesario que una industria simplificada, diversificada, eficiente y productiva se propague para que se catalice la producción primaria, y que se creen más centros de investigación, acordes a cada territorio, a sus principales productos. Hay que abrir la mente porque en agricultura todo es industrializable; desde los principios activos para la producción de medicamentos, las resinas y otras savias para la cosmética, polímeros, conservas, alimentos , hormonas, vitroplantas, especímenes mejorados y mucho más. La agricultura es generadora de riquezas por excelencia. No podemos tener miedo al campesino que logra con el esfuerzo de su trabajo una gran producción, ni maniatarle con procedimientos burocráticos. La riqueza que proviene del trabajo honrado es buena y hay que estimularla, exaltarla. Con prejuicios no se avanza: con ideas y proyectos científicos sí.
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