jueves, 22 de noviembre de 2012

El valeroso amor de Justina Cabral


mi universo es de postal,
mi mundo es de sensaciones.
Justina Cabral
Yo no sé, ya no me acuerdo cómo llegó a mi vida. Tal vez fue la providencia o un clic  certero  abollado en la  timidez de sus ojos. Luego un atrevimiento,  la palabra blanda y llana como una caricia, ofreciéndome un universo de fantasía y color. Confieso la codicie para mí, con codicia de niño, con amor de carrusel. Después tuve en mis manos un pedacito de su alma dulce, donde una rima bondadosa y libre como un pajarito inquieto, que no cesa de batir las alas en la contemplación del mar, que no duerme por descubrirle algún secreto a la luna, canta compulsivamente a la vida y al amor con desmesurada gratitud. Esta es Justina Cabral, la que contagia  de alegrías e invita a hacerle una ronda a María Risa Perico. La autora es especial . Especta y  le nacen poemas como  flores silvestres, poemas que dan testimonio de la magia  que la circunda.  Con una delicada metáfora le acariciamos el pelo, y sin hiperbólicos adjetivos, María Risa la nariz se deja tocar. También le jalamos del morral que seguramente cargaba , donde apuesto escondía algunas desdichas. ¿Cuánto habrá de la extraña brujita en la Cabral? La vida juega y hace empatías en su poemario Dulces y Limón , que tiene la alegre brisa de la Mar de plata y la pena del terral que regresa en la madrugada. Pero es más poderoso El Mar, el viento, las olas, que traen versos de sanación para las heridas de nuestra infancia. Cuantos mundos y mundillos encuentran los niños en el mar, cuanta libertad para la mente dúctil y desbordada; del mimetismo a la personificación, desde la personificación a la nostalgia:                                                                
                                                Incierto mundo mi boca
de aliento y suspiro frío
que duerme en las caracolas,
estrellas de mar y erizos.
Nostalgia, mi melodía
que estrellas y grillos cantan
abrazados por corales
besando la luz del alba.
Y el amor primigenio, el inocente amor que hace al tiempo relativo, que escribe nombres y corazones en la arena, que  abraza con las olas, que besa en la sal, no puede faltar. Recuerda la poeta. Siente ese vals de quince que sólo ella escucha y deja en la brillante metáfora; ¡Bailaré a la par del mar tallada en su movimiento!  Baila para vivir otra vez el eros disuelto en el exotismo de la naturaleza y  aun sin conformidad, tornase una sirena Bajo el agua; pues no hay conformidad en el amor verdadero, en su embriaguez que deja siempre una sed  insaciable. Reminiscencias, son reminiscencias, pinceladas otoñales. Bien se yo lo que el otoño escribe en el alma de los poetas, y Justina no escapa de esta santidad o maleficio, y como la poesía está afuera, en su estado natural, refina las percepciones y no deja quieta la ardorosa llaga el limón, que le trae una y otra vez a lo traumático. ¿Qué ha pasado? ¿De dónde viene el lamento de la Cabral? Buscaremos respuestas mientras llega el invierno, y ella abrigada en su dolor lo contemple:
Y un niño sobre un banco está sentado
Armando grandes pompas con el hielo
con saco y con botines abrigado.\
Hay quietud en el invierno pero no hay reposo en el alma, hay también algún estornudo, y añoranza,  en Mío. Sin embargo al llegar la primavera, revienta la corola de la poesía y los versos se le llenan con audacia de vivos colores. Vuela libre, como una mariposa, y sus giros, en el aire la llevan al encuentro del amor en el jardín. No lo comparte, ya lo dijo, es de ella, y lo cubre con un velo de puntos suspensivos de Sudor y agua.  A amar  comienza en la boca, a palpitar termina en el cielo. El lector quisiera estar en los brazos de esta poeta que ofrece más de lo que pide, que canta, que mima, que baila con denuedo, porque es valeroso el amor de la Cabral en estos tiempos tan llenos de futilidades e incertidumbres.  Justina ha traído a la novedad la herencia romántica del siglo XVIII y XIX americanos y la melodía del modernismo español. En Ananá observamos lo que nos enseño Cintio Vitier, los pininos de la poesía auténticamente nuestra, la oda frutal:
¡El limón te tiene envidia
y te compite la pera!
En Canción de la brisa enamorada la influencia de Lorca no se descarta:
La luna viste un sombrero
con lentejuelas plateadas
De Bécquer le viene el rimar. La sensualidad recuerda a Dulce María y la incorruptibilidad de la palabra a la otra grande, a la Mistral. Pero la cosmogonía del artista se respeta como se le respeta al árbol su raíz. Por eso Justina no es una poeta posmoderna, porque tiene raíz, y porque su poesía no se inventa de la nada ni pierde el rumbo; tiene referentes. Asombra la juventud que está levantando semejante arte en Nuestra América, laboriosa y seductora. No cabe dudas de que estamos asistiendo aun acontecimiento nuevo y de que estamos leyendo a una escritora excepcional. La humanidad y el compromiso se le ven por todas partes. El verso nacido de la naturaleza y para ella, el canto que viene de la experiencias primarias de los sentidos, la armonía entre el ser y el medio que lo rodea, sus significados, las significaciones, todo en un espléndido sistema de palabras, todo en un universo poético. Ella es consciente. Sabe que sin lo uno no puede existir lo otro. El individuo y su historia, el individuo y su cultura, en unidad dialéctica las categorías y más allá, en unidad profundamente afectiva. Véanlo en Mi alborada,  en Mi mundo y en Curemos la tierra. La poeta lo hace con maestría, va de lo cotidiano a lo universal, en esto es aunque no quiera, martiana. Y en la pena que la hiere. ¿Qué ha pasado?  ¿De dónde viene el lamento de la Cabral? En Llantos parece que el mundo se le viene abajo y la acompañan en su penar todo lo que forma parte de ella:
Lloran rosas amarillas,
llora el viento... llora el mar,
lloran estrellas celestes
con corazón de cristal.
¿Será la frustración que deja el desamor o la llaga perenne que dejan los seres amados cuando parten? Sigamos develando:
Mis ojos azules lloran,
mi pena viene y se va
destruyendo a cada paso
mis ilusiones... mi paz.
Lloran el cielo, la tierra,
lloran las nubes y el sol
Lloran... lloran... ¿Por qué lloran?
Lloran todos por amor.
La pena de la Cabral es pena de amor.¿ Eros amor?¿ Ágape amor?¿Amor filial? Seguiremos buscando. En Un avión para jugar  encontramos más revelaciones. Revelaciones contundentes: Comienza la niña pidiendo cuentos a la abuela, pide los cariños donde se refugia, porque según dice nadie se los da. Aquí encontramos, viéndolo con el punto de vista psicoanalítico de Fredo Arias de la Canal sobre el tanatismo de ciertos escritores,  la primera respuesta  a los traumatismos de la nuestra:
Dame cariño...¡No tengo!
porque nadie me lo da.
Mi padre fue en globo al cielo
pero no va a regresar.
Y mi mamá fue a buscar
un puñadito de estrellas,
pero nunca regresó
y mi alma murió de pena.
¿Hasta dónde la abuela ha determinado en la vocación de Justina para la literatura infantil? Nuestras abuelas fueron hechas para contar historias. La nana, la canción de cuna, el cuento oral, cuando no existía la televisión dormían a nuestros abuelos, por lo que no sería atrevimiento decir que lo aprendió de la abuela.  No obstante aunque en poemas bien escritos como Carentes de amor, La oda y Jamás habrá primaveras pareciera que en libro hay más limones que dulces, goza de una edición equilibrada que nos permiten el encanto de disfrutar a la vida misma en su plena dicotomía. Al final yo me quedé degustando  los hechizos de María Risa Perico. Cuando la vea dígame usted.



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