Eran aquellos los restos que andábamos buscando. Habían sido escondidos en el hueco de un rústico y antiguo asadero de puercos. Tapado con pencas de coco y lleno hasta el tope de agua, el hueco era insospechable. Yo lo descubrí por intuición o tal vez por destinación. Reconocía aquella rivera, no tenía dudas de que nos encontrábamos en las orillas del río Toa, específicamente en los lindes de la finca de Orlando Reina. Le dije a mi hermano:
- Están ahí, mete las manos.
Y él metió las manos sin saber que aquellos huesos blancos de los presuntos héroes, eran una trampa de la muerte.
Largas horas de reflexión no fueron suficientes para entender la revelación, no podía ser otra cosa, tenía la certeza de que algo maligno habría de ocurrir conmigo o con algunos de mis compañeros. Por eso en la mañana, cuando tuve la oportunidad le dije convencido al doctor Ariel.
- Oye, tenemos que tener cuidado, anoche tuve un sueño que no me gustó.
El doctor Ariel, quien es una persona muy práctica, pero entendido de las cosas de Dios, me miró con fijeza y colocando una mano húmeda y fría sobre mi hombro me respondió:
- Tranquilo, vamos a cuidarnos.
Más que lejos estába en realidad de los futuros acontecimientos. El diablo me pasaría gato por liebre para entreternerme y alejarme de los salmos de salvación. Siempre las malditas circunstancias juegan un papel determinante. Yo vivía en Maracaibo, una de las ciudades más violentas de Latinoamérica y la pensé para mí. Al otro día, se apareció como por arte de magia a mi consulta Cayetano. Coño y para colmo cae el brujo este, pensé.
Cayetano era un italiano aplatanado en Venezuela hacía un montón de años, y de alguna manera deslumbrado por las artes africanas, terminó siendo un cabrón espiritista. Yo lo llevaba. En honor a la verdad, me resultaba simpático aquel contraste de europeo espiritista, y a veces le daba riendas para escuchar, con un interés más artístico que profesional, algunas historias de su vida, que siempre colocaba sobre el tapete. Pero bueno mi día estaba condicionado para hablar de lo que había soñado y con énfasis, le narré las peripecias de mi sueño que bien podía clasificar entre los mejores suspensos de horror del cine norteamericano. Cuando terminé, Cayetano me miró con los ojos bien grandes e hizo un esfuerzo para tratar de brindarme una explicación espiritual que me convenciera. Sin embargo, en algo si coincidimos, y era, en que había muerte de por medio. Yo me hice el descreido y le lancé un bonchecito:
-Juégatela al diablo, al 666 - le dije- que la vas a agarrar con buena plata.
El italiano se sonrió por compromiso y salió del consultorio con la cara muy seria arrastrando su acostumbrada pierna de palo. Después, en la noche, pasada las once, estando yo en mi cinéfila rutina mientras el Gordo roncaba en su cama, sentí de repente un desfallecimiento desde la cabeza hasta el ombligo. Por espacio cercano al minuto dejaron de funcionar mis signos vitales. Aunque tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo y quería llamar al compañero de al lado, no podía. Estaba muriendo. Me pasó algo similar a lo ocurrido al personaje de Borges en el cuento El milagro secreto. La diferencia era mi incuestionable realidad y veracidad de los hechos, que les puedo contar gracias a un último recurso de salvación que pienso tenemos todos cuando la muerte llega de imprevisto. En aquel minuto decisivo, casi ya despidiéndome de mis seres queridos, en la soledad y angustia de la mente, mi alma tuvo un clamor.
- Dios mío perdóname - dijo.
Y con la última vocal me regresó al cuerpo. Respiré hondo y con miedo me mantuve callado largas horas hasta que el Gordo se levantó a comer algo y le hice sorpresivamente el comentario . Por supuesto no me hizo caso y medio sonámbulo se fue hacia la cocina. La indiferencia al menos sirvió para que me autocomplaciera en pensar que era aquel otro pasaje onírico abominable y que debía entregarme de inmediato en las manos de Morfeo, como lo hice. Y he aquí el engaño. Por que no fue hasta el otro día, ventiuno de diciembre del dos mil once a las diez de la mañana; que mi jefe, buscando valor luego de haber penetrado dos veces en mi consulta, me informaba que en Cuba la noche anterior, mi hermano había muerto en condiciones muy extrañas.
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