El autor y sus fantasmas, los fantasmas y sus miedos, están en lo cotidiano, tal vez en la humedad de los callejones intransitados o en la desesperada carrera de los autos o en la usurpación del espacio por los otros seres que conviven. La vorágine, el remolino de las imágines al final del parpadeo, sobrepasan los límites de la objetividad y se van al mundo onírico del poeta, como si supieran que es cuenco, como si conocieran al eternizador y a su preciosa dote creativa. Lo sacuden, lo hostigan, lo colocan en febriles compulsiones y finalmente lo hacen escribir sin ser ambiguo, en un merodeo de sombras, en un cambiante laberinto de ambiguedades.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Teo Revilla Bravo y las sensaciones de la ciudad.
El autor y sus fantasmas, los fantasmas y sus miedos, están en lo cotidiano, tal vez en la humedad de los callejones intransitados o en la desesperada carrera de los autos o en la usurpación del espacio por los otros seres que conviven. La vorágine, el remolino de las imágines al final del parpadeo, sobrepasan los límites de la objetividad y se van al mundo onírico del poeta, como si supieran que es cuenco, como si conocieran al eternizador y a su preciosa dote creativa. Lo sacuden, lo hostigan, lo colocan en febriles compulsiones y finalmente lo hacen escribir sin ser ambiguo, en un merodeo de sombras, en un cambiante laberinto de ambiguedades.
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Agradecido, amigo Maikel, por este escrito encontrado un poco al azar, aunque quizás llegó de Los cuatro muros...
ResponderEliminarGratitud que acompaño con un fuerte abrazo. Que estés bien.
Teo.