viernes, 1 de marzo de 2013

1895

Calientes llegan, a la fronda muda de la sabana, las saetas de un sol unánime. Nadie sabe quién a desterrado al viento. Sólo el herbazal tiene privilegio y pasto para las codornices, que intuyen con sus cabecitas nerviosas la eminente contracción del tiempo. Todo en un segundo, como si fuera detonante mi palabra, repara en el ojo de un soldado. Tiene en el pecho ignorante, la convulsión del universo primigenio: Expectación sólo hay en la diáspora de los sentidos. Una lágrima de sudor le baja por la sien y a punto de bendición, se oye un disparo que silba entre la hierba y transforma el paisaje en un aullido de locura. De la tierra brotan hombres diestros en la fusilería. Sin saberse valerosos, les enerva el tablón de la tierra con un recuerdo gitano que cruza el atlántico en misión sublime; humedecer los labios que añoran las añejas cervezas de las tabernas de España. Pero es ajena y sin concesiones, esta tarde que llega del palmar vecino en una avalancha de jinetes. El cielo apaga el párpado al encuentro para no ver la horrorosa colisión de los soldados. Gritan bajo los cascos de ciegos y sedientos caballos, como si fueran novicios condenados del infierno. Cimbran los machetes en una temeraria controversia de disparos y tumultuosa es la sangre que empaña la memoria de los grillos y los escarabajos del subsuelo. Es profano el alimento de las hormigas que disputan los desmembrados cadáveres. En la multitud que pelea, el antiguo esclavo repara en un cobarde que queda petrificado al instante. Se ve venir, desnuda en su plenitud, la oscuridad que se agiganta, embriagada de toda la libertad recobrada, hacia el  alma que se entrega mansa a la consumación del destino. Y es entonces, mientras canta jubilosa una corneta la invaluable victoria, que el viento regresa nadie sabe de dónde.

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