lunes, 1 de abril de 2013

Y también estábamos nosotros.


  Por Leonel Escalona Furones


Duaba
Al Turey llegamos en un camión siberiano, de los que bajan hasta el aserradero de Cayo Güín , los bolos que se cortan en las altas montañas de Baracoa. Alborotados por los maestros, con cantos y consignas revolucionarias, pasamos por el Porto Santo y no nos dimos cuenta. Caminaba mucha gente. El pueblo todo se había ido a  ver el desembarco. Se rumoreaba que también Almeida y Raúl estarían allí. A la derecha, desde el hotel hasta el obelisco, como un largo cinturón se extiende la pista del aeropuerto, y más allá,  la rala cortina de la caleta, el guao, y la mora. La mañana de aquel 1 de abril era linda y azul, y la brisa que soplaba con fuerza desde el mar nos ponía las pañoletas como banderas. En Maraví ya habíamos visto desembarcar a Calixto García el 24 de Marzo, en una cayuquita que creo pertenecía a la familia Rabí. Se le hizo al general de las tres guerras un pequeño monumento en donde, según confirmaron los historiadores, pisó tierra cubana en 1896. Noventa  y seis años después éramos unos pioneritos entusiasmados con aquellas escenas de barcos y mambises que tenían barba y bigote hecho con tizne de carbón. Como imaginamos, el obelisco de Duaba era más grande y a su izquierda se podía ver la desembocadura del río. La caravana toda se fue a esperarlos en la playa, que en ese extremo es gris y gravillosa . Nos dio tiempo comer algunas uvas ácidas y despojar al maquey de la carnosa almendra que se gotea en el suelo. Al rato, casi a las 9 de la mañana la gente gritaba: " ya vienen , ya vienen", y detrás de un pesquerito , vimos a un bote fletado de yareyes enardecidos, superando    lentamente la contienda de las olas: la goleta Honor que traía una vez más a las costas de mi tierra, al general Antonio Maceo y  a Flor Crombet. Con ellos corrimos hasta el monumento adornado con flores y racimos de coco y banderolas con los sagrados colores de la patria. Nos apilamos a lo largo de la calle que hizo la Revolución y que llega hasta ese punto de encuentro con nuestra historia. Sacábamos apenas las cabezas cuando pasó como un rayo una escuadra de jinetes que venía a darles la bienvenida. Allí estaba nuestro general, el glorioso general baracoense Félix Ruenes, junto a Almeida y a Raúl abrazando al que protestó y salvó la dignidad de los cubanos en Baraguá. Y también estábamos nosotros, los pioneros.

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