a las catacumbas de la piel
donde las olas disputan
al tigre cebado de la muerte
los hijos de Ochosi.
Venían en la tiniebla más oscura,
envueltos en sábanas de sal y de frío
preñando un dolor de ojos sordos y ciegos oídos,
entre el vértigo y la mueca de los días
que volaban como voces de delfines.
Callado loar el del padre y el del hijo
que se iban
a engrosar el tronco del Baobab
en un vómito espantado del destino
o en la tisis febril del fecalismo.
Negra cuenta de rosario sin hospicio
por las cómplices sotanas coloniales
el grillete bien pulido
ulcerando ulcerando ulcerando
el hueso que delata la sonrisa.
Mas aún, por los hoyos del madero,
alumbraban las estrellas infinitas,
dormitaba sosegado el cimarrón.
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