Todos los días viene hasta mi ventana, se mira en el cristal, engrifa su negro plumaje, y luego lleno de hastío, va a posarse en un muñón del jardín. Escruta a través del vidrio como si adivinase que lo observo. Comienza un graznar caótico y a dilatar las negras pupilas para que lo encare y así poder clavarme su mirada de reptil. Me hace recordar aquel tiempo del muchacho bueno y honrado que era yo, cuando andaba libre y satisfecho con mis cholas de caucho y me iba a bailar con el tambor de los negros colombianos o cuando era toda la felicidad, tener una madrugada sudorosa y grasienta con la Chiqui. Si supiera esta ave simplona y vanidosa no vendría a hostigar mi ventana con sus repugnantes escleróticas amarillas. El maldito no sabe de mis sufrimientos, mis renuncias, y repite su místico y blando ritual como diciéndome que todavía hay alguna esperanza. No imagina cuantas veces me dijeron: tú puedes llegar, tú puedes ser como nosotros, como los señores de la sala VIP; podrás comer en los mejores restaurantes; pasear en yate por las tibias aguas de Aruba; tener las caricias de esas mujeres fogosas que anuncian los spots, desea la felicidad que yo tengo, no te conformes con ser un bicho emplumado y ladrón.
Ahora que logré casi todo, te canjearía mi vida no más para verte en esta jaula de cristal, suspirando como un condenado del primer círculo del infierno. Porque, es un castigo codiciar lo inalcanzable, por más que te esfuerces ahí estará tu pasado hecho un grito descalzo y sin sosiego, estará la añoranza de los amigos del barrio, estará la llaga del amor arrebatado, y en el frente cruzando la calle, el desprecio y la hipocresía de los señores de la alta, que te saludan para recordarte tus antecedentes de taxista, de portero, salserín, y Dios sabe cuantas cosas más. ¿Lo sabías pollo insolente? ¿Eso es lo que codicias cuando vienes a posarte en las rejas de mi ventanal? Yo te canjearía esa cabeza nerviosa, esas repugnantes escleróticas, esas garras escamosas y huesudas, con tal de sentirme libre. Sería un pájaro roñoso pero pájaro feliz. ¿Y Tú? Por dudas, tú tendrías el cielo inabarcable, por miedos: el terror del que descubre el tiempo perdido, la certeza de haber extraviado el camino por la persecución de un sueño vacío. La soberbia aplastaría la nuez de tu pequeño cerebro hasta volverlo una pasta putrefacta e inútil. Yo si sabría que hacer con ella, me lo dice mi corazón, me lo gritan la Chiqui y mis viejos amigos de Colombia que todavía me esperan: tengo oportunidad de vivir feliz y en paz conmigo mismo mientras tú, cuervo miserable, seguirás viniendo al cristal a romperte el pico en la ficción.
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