miércoles, 20 de febrero de 2013

La cucaracha y el Alacrán.

Ciertamente, por más de cuarenta años había sido encerrado en un pomo de cristal un mortífero alacrán. Estaba casi petrificado por el tiempo y el reducido espacio cuando un día apareció en  la repisa una joven cucarachita. El alacrán pensaba que había olvidado lo que era tener apetito, pero al olfatearla frente al vidrio fingió tener terribles dolores articulares y clamorosamente la persuadió a pasar por los agujeros de la tapa para que le sobara el crujiente esqueleto. La cucarachita, que  no era boba,  aceptó hacerle el favor, y entró con mucha cautela dentro del pomo.
-          Haber dónde te duele- le preguntó la cucaracha.
-          Aquí en el codo- respondió quejoso el alacrán.

La cucarachita le frotó el codo y adivinando el Alacrán cuando iba a terminar presuroso emitió otro grito.
-          Ay, aquí también me duele, en la rodilla de mi segunda piernita derecha.
-          Umm. Señor Alacrán usted va a tener que acudir a una sala de rehabilitación- exclamó  desconfiada la cucaracha.

No obstante, apostando a la velocidad de sus reflejos y al  el evidente vejestorio de esqueleto del Alacrán decidió masajearle la rodilla. Pero otra vez el escorpión se adelantó y con mayor teatralidad simuló tener el peor dolor de espalda que jamás ser viviente tuvo en la tierra. Está vez la cucaracha no replicó y ya descubierto el ardid del Alacrán se colocó a varios centímetros de él y con la punta de los bigotes le frotó delicadamente la espalda. Como un rayo lanzó el Alacrán un arponazo que bien pudo superar el vigor  de sus años juveniles. Para entonces ya la cucarachita escuchaba fuera del pomo verdaderos y sentenciosos lamentos, pero no volvería a cometer semejante imprudencia.

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