“Sujétame”1. Te tengo amor
mío. Este es el umbral de mis ojos y esta la ciudad que acogió para siempre tu
semilla. Ven. Caminemos juntos ahora que los lirios hacen el milagro y somos un
poquito más felices. Imagina. Necesarios son tus sueños
para trazar en la tierra los surcos venideros. Trae contigo parte de esas
ansias azules y gratos abismos. Sacia un poco la sed de mi alma. Porque vibro
con la estética del silencio y me enciendo con
la luminaria del camino señalado. Un camino promisorio bajo la lupa del
siglo que inicia. Un camino trenzado en cada frase que encierra proféticas
sensibilidades. Lleno del espíritu de los titanes que acompañan: una juventud
al servicio desde el heroico anonimato. Había que ser como Prometeo para llenar de
luz los oscuros parajes de la nación. Aceptar el desafío. Sabiendo que sólo de
lo puro podían nacer las verdaderas transformaciones, que sólo con ternura
podían hacerse vigorosos los flacos dedos de las calles. Tu Grito
es ahora un tañimiento de campanas y soles temerarios. Anuncian el modo de encontrar el orden y la paz del
mundo. El modo de aliviar tantos dolores, de apagar tantos racismos, de acallar
a los violentos, de convencer a los prejuiciosos. Nadie fue nunca profeta en su
propia tierra. Por eso te veían como La extranjera, como un ser caído de
otro planeta. Eras entre tantas incomprensiones el mesías de estas calles de
Holguín, cargando los pesados y terribles maderos de la soledad. Otros
dirán que no fue así. Te negarán más que a Jesús. No entenderán la preeminencia
de estar aquí, a mi lado. Mirarán de soslayo el hambre, el frío, el odio de la
guerra peleada como si fueran esos males ajenos y lejanos. No saben mi dulce Extranjera,
sentir el Dolor con entrañas de nación, como debe sentir un verdadero
discípulo de Martí. No saben andar Sin comarcas, con pies de alto vuelo
y entendimiento. A veces Yo quisiera también irme por el
mundo. Agrandar mi experiencia en lo basto y diverso de la naturaleza. Amar con
esa libertad por tanto tiempo negada. Alcanzar la envidiable dimensión de tus
versos. Dejarme abrazar por la calidez del mar y del viento con que han sido
hechos. Yo quisiera retener tu paraíso azul. No habrá Caín que lo devore.
Estaría como ahora convertido en un heraldo
vigilante; besándote en la frente los ayes. A cambio te pediría el
silencio. Dame silencio, y la eterna calma de “la espiga que
brota” en el tiempo. Comparte conmigo la felicidad de los queridísimos muertos
en las largas noches de Dios. Comparte ese oficio del recuerdo: la intimidad de
La
palabra que no fue. La que, aunque más sonora, aún no definía la
textura de la otredad. Juntemos esa Orilla de ti misma. Crearemos para
siempre el pasadizo. Para que vayas a la playa, para que vueles sobre montes y
ríos, y te pasees en los cayucos de Gibara. Aquí no dejaste cosas amargas.
Tengo el coloquio de las manos fletado de hermosura. ¿“Se nos escapa la tarde”?
Ya no. Somos, gracias a tus preocupaciones, “agua y canción, árbol o tierra
suelta”. Eso, es Decir amigos: profesar, practicar, acompañar en el amor
siempre. Mirar La puerta con cariño de vitalicia forma. Pues con el recuerdo
en algún momento cruzan los amados. Mirar Las tres sillas con nostalgia de amores; el único sentimiento
honesto cuando ya no resguarda la raíz el abrazo imprescindible de la familia.
Es el hogar renovación de la esperanza última, según Lo dijo el viento, en
medio del extravío y el desamparo que deja la muerte. Tú supiste muy bien cómo
ahuyentar esas sensaciones y recuperar lo vivido en cada objeto cercano.
¿Verdad que Desde este vaso indio viene la fiel compañía? Hay flor donde
merodea una madre buena. Por eso recordarla en el gesto, en el verbo, es no dar
cabida a la ingratitud. Son los valores de casa los que nos hacen fuertes. Los
que nos permiten analizar con sobriedad, ¿qué Somos? Y luego, al
sabernos frágiles y efímeros, tener valor suficiente para levantar “criaturas a
latigazos”. Que bella forma escogiste para manifestar los dones heroicos del
poeta. Así es como se alcanza la eternidad. Elegiste en tu angustia y pediste:
“Dispérsame”.
Encontrar la muerte es encontrar otra forma de existir. Comenzar a ser parte de
la oniria prodigiosa, atómica, que nos rodea. Cumplir la ley de una
materialidad que nos reclama constantemente. Persuadirse de lo otro es
tentativo, pero menos probable. Son más verosímiles las “catedrales de
hormigas”. Al final, después del ritmo de sucesos cotidianos, La
vida es fragmentarse. Cumplir la inadvertida función de La
niebla. Sin embargo la muerte ha sido tu gran victoria: vindicación
inexorable. La muerte ha sido El hielo encandelado: la magnífica
conquista además. Y es posible salir Del bosque misterioso con “piedras
nuevas”. Ahora; se tiene la certidumbre de encontrar semilla de vida, si
en la vida semilla se ha sembrado. Aguardas con una pregunta a quien logre
escudriñar tal sentido de vivir la poesía y penetra en las profundidades: ¿“De
dónde vienes forastero”? Es como decir ¿Quién es el que llega a mis
dominios? Es este poema el portón de una amplísima residencia. Y tiene el
picaporte el émulo de las sensibilidades. Quizá la otra mitad de la manzana. A
quien se invita a consumar la impertérrita esperanza. Tal es mi destino. Un destino de
hierba compartida. Donde habitan con luz Las palabras. Ellas Alguna
vez darán testimonio de sobrevida. Por eso escribes, para definir el
significado del Mar, de El barco, y del Duende de la medianoche.
Laborioso empeño. Cuyos frutos vienen De largos silencios sumergidos.
Legan con nitidez de fotografía la épica felicidad de El duende y los amigos: Los
búhos que avizoran en las oscuridades. Reparas en los escasos momentos
de alegría. Falta alguien. Tal vez aquel, El herido, nadie sabe dónde ni de
qué. No lo permite la ética del silencio, mas lo repiten los “ciclos nebulosos”
de la Sonata inconclusa. Anda disperso todo en el torbellino
gris del reproche, donde A ratos un fantasma, Alguien
que no sabemos, te “detiene junto a los escombros” y te “recorta” los
sueños. Lo simple entonces deja
de serlo. Lo que parecía fácil conquista ahora se torna un desentierro de
cruces. Es menester saldar con todos nuestros antepasados, al menos con
aquellos que han hecho dichosa la existencia, para tener derecho sobre la
muerte. Entonces viajas en el tiempo. Un peligroso viaje por la lobreguez de
las aguas, hasta llegar al “mundo de las Gaviotas”: el mundo de la infancia.
Salvas ese último rezago del recuerdo. Y embriagada ya de tanto añejo de vida, El
arpa de la sonata, que “un día se romperá”, quisiera quedarse
definitivamente. Tiene poder para hacerlo. Pero puede más la Rebeldía
del carácter con que se ha asumido la vida. Siento que quisiste llegar
al último minuto pujando versos; “es más fecundo el árbol que se empina” en el Poema
de la tiniebla. Ahí está la actitud y vocación humanista del poeta.
Todo el altruismo y espíritu de sacrificio de una generación, que como Aquella
roca salvaje, hizo “el milagro de la luz”.
Bibliografía
1. Curbelo
Barberán L. Canción de la eternidad: antología poética selección de Carmen Mora
de la Cruz y Joaquín Osorio Carralero. Holguín: Ediciones Holguín, 2015.
[citado 2016, Marso].
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