viernes, 16 de septiembre de 2016

Lalita Curbelo Barberán ante los ojos del nuevo siglo



 Sujétame1. Te tengo amor mío. Este es el umbral de mis ojos y esta la ciudad que acogió para siempre tu semilla. Ven. Caminemos juntos ahora que los lirios hacen el milagro y somos un poquito más felices. Imagina. Necesarios son tus sueños para trazar en la tierra los surcos venideros. Trae contigo parte de esas ansias azules y gratos abismos. Sacia un poco la sed de mi alma. Porque vibro con la estética del silencio y me enciendo con  la luminaria del camino señalado. Un camino promisorio bajo la lupa del siglo que inicia. Un camino trenzado en cada frase que encierra proféticas sensibilidades. Lleno del espíritu de los titanes que acompañan: una juventud al servicio desde el heroico anonimato. Había que ser como Prometeo para llenar de luz los oscuros parajes de la nación. Aceptar el desafío. Sabiendo que sólo de lo puro podían nacer las verdaderas transformaciones, que sólo con ternura podían hacerse vigorosos los flacos dedos de las calles. Tu Grito es ahora un tañimiento de campanas y soles temerarios. Anuncian  el modo de encontrar el orden y la paz del mundo. El modo de aliviar tantos dolores, de apagar tantos racismos, de acallar a los violentos, de convencer a los prejuiciosos. Nadie fue nunca profeta en su propia tierra. Por eso te veían como La extranjera, como un ser caído de otro planeta. Eras entre tantas incomprensiones el mesías de estas calles de Holguín, cargando los pesados y terribles maderos de la soledad. Otros dirán que no fue así. Te negarán más que a Jesús. No entenderán la preeminencia de estar aquí, a mi lado. Mirarán de soslayo el hambre, el frío, el odio de la guerra peleada como si fueran esos males ajenos y lejanos. No saben mi dulce Extranjera, sentir el Dolor con entrañas de nación, como debe sentir un verdadero discípulo de Martí. No saben andar Sin comarcas, con pies de alto vuelo y entendimiento. A veces Yo quisiera también irme por el mundo. Agrandar mi experiencia en lo basto y diverso de la naturaleza. Amar con esa libertad por tanto tiempo negada. Alcanzar la envidiable dimensión de tus versos. Dejarme abrazar por la calidez del mar y del viento con que han sido hechos. Yo quisiera retener tu paraíso azul. No habrá Caín que lo devore. Estaría como ahora convertido en un heraldo  vigilante; besándote en la frente los ayes. A cambio te pediría el silencio. Dame silencio, y la eterna calma de “la espiga que brota” en el tiempo. Comparte conmigo la felicidad de los queridísimos muertos en las largas noches de Dios. Comparte ese oficio del recuerdo: la intimidad de La palabra que no fue. La que, aunque más sonora, aún no definía la textura de la otredad. Juntemos esa Orilla de ti misma. Crearemos para siempre el pasadizo. Para que vayas a la playa, para que vueles sobre montes y ríos, y te pasees en los cayucos de Gibara. Aquí no dejaste cosas amargas. Tengo el coloquio de las manos fletado de hermosura. ¿“Se nos escapa la tarde”? Ya no. Somos, gracias a tus preocupaciones, “agua y canción, árbol o tierra suelta”. Eso, es Decir amigos: profesar, practicar, acompañar en el amor siempre. Mirar La puerta con cariño de vitalicia forma. Pues con el recuerdo en algún momento cruzan los amados. Mirar Las tres sillas  con nostalgia de amores; el único sentimiento honesto cuando ya no resguarda la raíz el abrazo imprescindible de la familia. Es el hogar renovación de la esperanza última, según Lo dijo el viento, en medio del extravío y el desamparo que deja la muerte. Tú supiste muy bien cómo ahuyentar esas sensaciones y recuperar lo vivido en cada objeto cercano. ¿Verdad que Desde este vaso indio viene la fiel compañía? Hay flor donde merodea una madre buena. Por eso recordarla en el gesto, en el verbo, es no dar cabida a la ingratitud. Son los valores de casa los que nos hacen fuertes. Los que nos permiten analizar con sobriedad, ¿qué Somos? Y luego, al sabernos frágiles y efímeros, tener valor suficiente para levantar “criaturas a latigazos”. Que bella forma escogiste para manifestar los dones heroicos del poeta. Así es como se alcanza la eternidad. Elegiste en tu angustia y pediste: “Dispérsame”. Encontrar la muerte es encontrar otra forma de existir. Comenzar a ser parte de la oniria prodigiosa, atómica, que nos rodea. Cumplir la ley de una materialidad que nos reclama constantemente. Persuadirse de lo otro es tentativo, pero menos probable. Son más verosímiles las “catedrales de hormigas”. Al final, después del ritmo de sucesos cotidianos, La vida es fragmentarse. Cumplir la inadvertida función de La niebla. Sin embargo la muerte ha sido tu gran victoria: vindicación inexorable. La muerte ha sido El hielo encandelado: la magnífica conquista además. Y es posible salir Del bosque misterioso con “piedras nuevas”. Ahora; se tiene la certidumbre de encontrar semilla de vida, si en la vida semilla se ha sembrado. Aguardas con una pregunta a quien logre escudriñar tal sentido de vivir la poesía y penetra en las profundidades: ¿“De dónde vienes forastero”? Es como decir ¿Quién es el que llega a mis dominios? Es este poema el portón de una amplísima residencia. Y tiene el picaporte el émulo de las sensibilidades. Quizá la otra mitad de la manzana. A quien se invita a consumar la impertérrita esperanza. Tal es mi destino. Un destino de hierba compartida. Donde habitan con luz Las palabras. Ellas Alguna vez darán testimonio de sobrevida. Por eso escribes, para definir el significado del Mar, de El barco, y del Duende de la medianoche. Laborioso empeño. Cuyos frutos vienen De largos silencios sumergidos. Legan con nitidez de fotografía la épica felicidad de El duende y los amigos: Los búhos que avizoran en las oscuridades. Reparas en los escasos momentos de alegría. Falta alguien. Tal vez aquel, El herido, nadie sabe dónde ni de qué. No lo permite la ética del silencio, mas lo repiten los “ciclos nebulosos” de la Sonata inconclusa. Anda disperso todo en el torbellino gris del reproche, donde A ratos un fantasma, Alguien que no sabemos, te “detiene junto a los escombros” y te “recorta” los sueños. Lo simple  entonces deja de serlo. Lo que parecía fácil conquista ahora se torna un desentierro de cruces. Es menester saldar con todos nuestros antepasados, al menos con aquellos que han hecho dichosa la existencia, para tener derecho sobre la muerte. Entonces viajas en el tiempo. Un peligroso viaje por la lobreguez de las aguas, hasta llegar al “mundo de las Gaviotas”: el mundo de la infancia. Salvas ese último rezago del recuerdo. Y embriagada ya de tanto añejo de vida, El arpa de la sonata, que “un día se romperá”, quisiera quedarse definitivamente. Tiene poder para hacerlo. Pero puede más la Rebeldía del carácter con que se ha asumido la vida. Siento que quisiste llegar al último minuto pujando versos; “es más fecundo el árbol que se empina” en el Poema de la tiniebla. Ahí está la actitud y vocación humanista del poeta. Todo el altruismo y espíritu de sacrificio de una generación, que como Aquella roca salvaje, hizo “el milagro de la luz”.

Bibliografía
1.    Curbelo Barberán L. Canción de la eternidad: antología poética selección de Carmen Mora de la Cruz y Joaquín Osorio Carralero. Holguín: Ediciones Holguín, 2015. [citado 2016, Marso].

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