martes, 2 de julio de 2013

Los fieles caballeros.

Fluye el río con sus aguas turbias y sonoras. Se oye un reclamo que cruza el cielo desnudo y el anciano desliza en silencio las monedas por debajo de las sillas. Para no desviar el curso de los ensayos de la caballería se agitan los papeles,y los secretos, volitivamente, dan paso a una interface contigua. Alegre conversa el pelotón de señoras inglesas. Caminan por la hierba y los guisasos se les prenden en el encaje de los orlados vestidos.No reparan en los esposos que simulan un enfrentamiento o una batalla. Presumen bajo el sol con sus  aseados uniformes y sus brillantes charreteras, y marchan en escuadrón con los caballos enfrenados al paso del redoble de los tambores. De pronto, se esfuma la escena en una niebla oscura, que se me enreda en los dedos mágicamente. El anciano ya camina por un trillo angosto. Lo sigo con mis dudas y con febriles pensamientos que vuelan con misterio hacia la copa de los siglos. Es un árbol que tiene su cetro allí,en la memoria. Porque estamos regresando al origen, a los días pasados. El árbol se mece con gracia por una brisa que deja una extraña plenitud y bondad. A su izquierda, casi imperceptible como un fantasma, descansa el anciano de las monedas. No deja que lo alcance y se levanta del suelo. Avanza hacia el matojal que circunda el peladero. Mas allá hay una cuenca profunda, ya lo sé, y lo veo iniciar un conocido ritual. Cuenta: una , dos, tres, cinco monedas. No las acepto y las arroja al abismo. Luego, las aguas se levantan y en un frenesí interminable lo desaparecen. Entonces, esclarecido y tranquilo, puedo comprender lo que necesito para espantar el ensueño de la noche.No hubo suicidio, te mataron mi general.

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