domingo, 9 de junio de 2013

Canción para los ancianos





Ancianos del mundo
Escuchad este canto que Dios envía.
Colirio para los ojos sin certeza,
Abono para la soledad
Que aun no ha dado plantas ni frutos.
Ancianos que moráis
Sin cobija de materia o de espíritu,
Sobre el pavimento de las calles,
En el plástico de los asientos en los hospitales,
Guarecidos en la calefacción de los periódicos.
Ancianos que habitáis
En los hogares de ancianos,
En los pasillos infinitos de la paciencia,
En espera, más que de muerte,
de las manos de los suyos.
Ancianos en los que siempre la esperanza
Fue soldado de batalla contra el olvido,
Ya sin memoria
O en la turbulenta marejada de los recuerdos.
Confiad y se les hará justicia.
Confiad ahora, cuando los años,
Endurecidos también por el calcio de los huesos,
Se nos agolpan ante el rostro
Queriendo tumbar de una vez la misericordia
Y postrarnos en camas de hierro
Sin simulacros de tortura
Conectados a placentas artificiales
Y a fluidos que engrosan aun más
La lágrima del vivir.
Si pudierais ver con iguales colores
El paisaje que yo veo,
La alegría de la naturaleza,
La frescura de la hierba.
El vigor que refulge en la piel
De los caballos bajo el sol,
Los plátanos abanicando este jarabe del viento.
¡Ay si pudierais, como antes,
Sentir con juventud la vida
Y estar en el amor de los hijos y la familia.
Aquel tiempo de pensar el presente,
Con el arte de hacer gloriosa la existencia,
Aún cuando la dicha fuese relegada
A tener de las manos la seguridad de los nietos!
Aquellos tiempos, oh viejos,
Ya con la sonrisa incompleta,
En que el cariño no era
Uno de los subproductos del trabajo.
¿Quiénes son los que te restriegan en la cara
Tus púrpuras seniles,
Tus temblores de Parkinson,
Tu apoplejía, tu incontinencia,
Tus malos humores,
Tu reciente y caprichosa manera de ser?
Son bárbaros con vísceras de metal,
Confinados de antemano a la miseria,
Herederos de la soledad,
Cuya frente herida por el sol,
No se atreverá a pedir una limosna de cariño.
Se  acordarán mañana
Que un día desterraron la palabra mamá,
La palabra papá.
Y sabrán por qué duele en el corazón
La artrosis de los huesos.
Y por qué son primeras las escaras del alma.
Y por qué la demencia es hija de la nostalgia.
Y por qué uno se aferra
A cualquier tronquito que parezca amor.
Pero tened fe hermanos míos,
Se les hará justicia.
Ante todo perdonad la carcoma del mundo,
Sus órganos de laboratorio
Su eterna vocación para la maldad.
No son culpables de la semilla estéril,
Ni de la otra de espinos que brotan en la carne.
Perdonad para que sea venerable
El algodón de vuestras cabezas
Y bendita el agua que emana
De las cataratas de los ojos.
Perdonen y sientan,
El diamante del cuerpo
la partícula de Dios
Que va más allá del ocaso de la vida,
Eso que nosotros llamamos alma.

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