sábado, 1 de junio de 2013

Miel del corazón.

Exilias los viejos recuerdos
para no ver el rostro de tu padre
y la partida prematura de tu madre.
No escondes tu desprecio; lo viviste temprano
y chupas ese cigarro oxidado
sosegando la ira de tus pies descalzos.
Nadie pudo hacerte un cuento,
el tuyo era casi de orfanato,
sexo grosero a la intemperie
a la rubia con areolas de luna
entre picaduras de limones y bojotes de caña
sin esperar mejor suerte
viendo al amor con asombro
huir dando alaridos como un perro.
Nadie te enseñó nada del calostro elemental de la vida.
Por eso dejaste a un lado los balines de cristal
y fuiste la bola chocante de afilado respeto
apodado como se apoda el silencio
siempre con miedo.

Pero debajo hay un hombre
y sus miedos son los mios.
Ahora las palabras le salen como soles incandescentes
soles de verdades que no tiemblan
que no disimulan para darte por el pecho
o rajar el vestido que tapa los moretones.
Debajo hay un vencedor
y yo lo prefiero como se prefiere el rojo auténtico de las rosas
o las tibias sales del mar.
Él no me esconde su dolor
tampoco me esconde sus principios.
Lo vivido es un río que corre sin hipocresía
y las aguas son buenas para regar mi experiencia.
Debajo hay un padre
y me ha dicho que su frontera política
su raíz patriótica
es un hijo que espera
sin reparar en sus defectos
sin pensar en las virtudes que tanto alimentan
porque a su edad su padre es como agua
o como leche imprescindible.
Debajo hay un hijo
el niño de libres pajaritos y lagartijos
que ha dejado atrás la púa encarnada
que ha comenzado a pulirse por el otro
y a parir  miel del corazón.




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