La voz seductora de la serpiente
se abre paso en el cabello de la selva.
Tremula el ojo tuerto de la noche
que no olvida el acuarela de los pájaros que huyen.
La tierra alista un tapiz de falsas escamas
como si adivinase la hora en que la muerte
lleva a descansar el rostro indescifrable.
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