La noche se queja de placer.
Penetrada en lo invisible olvida las posesiones.
Un torbellino de hormonas le hace ombligo en el oido y la seduce
el dolor que clava con estacas a los párpados.
Los ojos siguen una ruta de continuados orgasmos
mientras engulle la lengua húmeda que bojea el cuerpo inaprensible,
un cuerpo construido con sangre y sal del pasado
en el presente de las retinas que sólo ven
el anuncio de mi nombre entre tibias lucecitas de neón.
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